Un cuento

La traición del lechero.

Tenían la costumbre de ir al Cementerio dos veces por semana. Antiguamente el luto en las familias allenses era prolongado. Un año o dos. Riguroso para las viudas. Vestidas de negro,  de pies a cabeza. Y los varones una cinta negra en cada camisa. Visitaban la tumba del ser querido que había partido no hacía mucho y después como una macabra rutina recorrían el Cementerio por las calles que se perdían en los paredones y se iniciaban en el Osario, ese lugar misterioso, sin tumbas ni ataúdes, en donde van a parar aquellos desgraciados que nadie reclama ni visita. Recién comenzaba el otoño. Los pinos altos aun conservaban sus colores en tanto los demás pintaban de amarillo. Era costumbre mirar la foto del muerto y preguntar ¿quién era?, si lo conocían. Allí los abuelos o tías soltaban prenda. Tiraban datos pero cuando la historia se tornaba comprometedora te ordenaban que dieras unos pasos hacia adelante porque “eran cosas de grandes, que los chicos no debían enterarse”, aunque el ímpetu de chismoso siempre te permitía “escuchar algo a la pasada”“¿Y éste tipo abuela, lo conocías?” Su foto era distinta porque por lo general eran rostros inexpresivos. Imágenes de caras riendo o la tradicional foto de estudio, que le decían. Este hombre no. Habían colocado en su tumba, compuesta por una pequeña torre de ladrillos sin revocar, una foto de cuerpo entero, sentado, como si estuviera trabajando. Y al lado una cruz de hierro pintada de negro. “¡Lindo muchacho! Era lechero. Suspiraban por él. Una cuestión de polleras lo trajo aquí. Pobre Tito”. Todas las mañanas, desde la chacra de su tío venía al pueblo. Recorría en su chata a caballo las polvorientas calles de Allen. Tenía su clientela. Era costumbre dejar la jarra de leche de acero inoxidable en la puerta y él la llenaba todas las mañanas. Y los sábados por la tarde pasaba a cobrar. “¡Buen día patrona! ¿Cómo le va?”, era siempre el comienzo de un diálogo que duraba unos minutos porque la recorrida era rápida. Desde las 7 y a las 12 a pegar la vuelta para la chacra a lavar los 4 tambores que entraban en el sulky porque a las 3 se empezaba a ordeñar. Cerca de Navidad, una vieja clienta le pidió que le llevara leche a un matrimonio que recién había llegado al pueblo. Golpeó sus manos. Y antes de que terminara su frase “me manda doña Elena porque” el hombre lo cortó en seco y le dijo “sí, si yo le mandé llamar” al tiempo que le ordenaba  y se la deja a la patrona. Yo dispué le pago”. “Como quiera señor. Desde mañana”. Mientras tanto, y desde la puerta abierta, una mujer de cabellos negros, lacios y largos, de tez blanca, observaba sin decir nada. Era Albita, casi 20 años menor que su marido, un rudo tucumano, de pocas palabras que la amaba con la locura de creer que era de su propiedad. Y habían viajado muchos kilómetros para radicarse en la Patagonia. “Pa probar suerte vio”. Tenía un camioncito. Un Morris con el que llevaba cargas de frutas a los galpones de empaque o “la changa” que se presentara. Albita vivía en permanente confusión porque nunca pudo discernir si se había casado porque era un hombre bueno o por la imperiosa necesidad de huir de la pobreza y del maltrato de su familia.

 “¡Buen día señora! Seguro que hoy va a estar lindo”.

Puede ser. Me llamo Albita. ¿Uste?”

Todos me dicen Tito o El Lechero”.

Se miraron a los ojos y el mundo se detuvo. Llenó la jarra como pudo y se fue. Ella tropezó y la leche cayó en sus pies. A Tito le temblaron las manos cuando intentó tomar las riendas del caballo. Pasaron días sin verse. El dejaba la leche y partía. Ella lo miraba. Albita y Tito vivieron un romance intenso, aunque los encuentros eran cortos debido al recorrido del lechero y al miedo a que apareciera “El Tucumano” justo cuando Albita suspiraba plena de pasión en sus manos. “Vieja preparame el mono porque tengo un viaje a Zapala. Voy a  llevar vino en bordalesa. Son unos buenos mangos que me dan. Te llevaría pero estos viajes no son pa mujeres. Cuando salga una changa pa Bariloche vamos juntos. Así no te aburrís”. Albita no dijo nada. Hizo lo que su marido le pedía. El Morris salía el viernes y volvía el domingo por la noche y ellos daban rienda suelta a su amor apasionado. Los viajes a Zapala se repetían una vez por mes hasta que un viernes, cuando Tito intentaba frenar su chata a caballo para encontrarse con Albita recibió un certero disparo en el corazón. Cayó hacia adelante. La bala de un Máuser 1909  lo destrozó. El estruendo se escuchó en casi todo el pueblo y aquellos cómplices silenciosos del engaño entendieron que la locura entre Albita y Tito había terminado.

(Se cambiaron nombres y fechas. La historia está tomada de hechos y circunstancias reales)

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